Cuando nos sentamos en el teatro tuvimos la primera intuición, “esto puede ser una cursilada”. 10 minutos después sabíamos que no era cursi, es que no era realmente una función de ballet. ¿Quién puede ocuparse de algo más que no sea Freddy Mercury si te lo ponen en pantalla gigante?, no importa cuantos grand jeté estuviera haciendo el bailarín o lo buenos que pudieran ser los chicos del Ballet de Essen con sus piruetas; quedaron totalmente relegados en una coreografía, más bien en una puesta en escena, que los dejó en un lejano segundo lugar. Falló el concepto desde el comienzo, una cosa es bailar música de Queen y otra hacer una revista musical sobre el genio de Mercury, que fue lo que resultó a fin de cuentas. Para este homenaje no faltó nada, hubo humo, niñitos bailando, teatro negro, pantallas que bajaban y subían, focos que se movían, moto, público haciendo palmitas, estatua emergiendo del suelo como en aquella imagen del Planeta de lo Simios, pero en vez de Estatua de la Libertad, era el brazo con micrófono del cantante. Ni siquiera puede decirse que es un mal ballet, es que el coreógrafo (Ben Van Cauwenbergh) no dejó que nos enterásemos del todo. En la primera parte donde hacían las mayores demostraciones “técnicas”, no paraban de proyectar videoclips de conciertos multitudinarios de Queen; y en la segunda, donde hubo “cuadros” más logrados (en bañador, vestidos de detectives, el final larguísimo del que sale la foto) el nivel de baile era digamos, normalito dentro del profesional.//. Uno de estos espectáculo que se te olvidan apenas atraviesas la puerta del teatro; aunque salgas cantando we are the champions.

Auditorium de Palma, 24 de enero.





Foto Per Endström