Náuseas, pesadillas, mal humor, dolores de cabeza, insomnio; y de allí a cualquier tipo de enfermedades de las llamadas psicosomáticas. Mientras más se acerca el momento o la etapa que obliga al cambio, o a la decisión que varía el status o la manera de vivir a la que venimos acostumbrados, más aparecen las llamadas de auxilio. “No quiero cambiar y me quejo” dice el cuerpo, porque una parte de la mente afirma que, “así estoy seguro y bien”. Pero hay otra parte que sabe que el cambio tiene que venir, que es necesario para avanzar, y de esta lucha vienen los síntomas.//. No hay ninguna novedad en esto, ya sabemos que está ampliamente documentado y requeteconversado con el psicólogo y el psiquiatra. Y sin embargo, siempre impresiona ver la dificultad que tenemos para superar etapas, cerrar ciclos, despedirnos de gente, dar la espalda al pasado. Reconocerlo en nosotros mismos violenta porque identificas el esquema que se presenta de nuevo; y nos decimos “aquí estoy otra vez”. Verlo en los adolescentes que nos rodean impresiona porque confirma lo que sabes por ti y además tomas conciencia de tu incapacidad para ayudarles en el tránsito.//. Son metamorfosis dolorosas que aunque no nos cambian por fuera si que nos transforman por dentro, y exigen un esfuerzo que requiere valor, porque siempre es un camino solitario, uno que nadie puede transitar por ti. Lo más que podemos esperar y dar, es el soporte amoroso, el de toda la vida, esa calidez de un “vale la pena”, “echa pa’ lante”, “tu puedes”. El cariño que hace verdaderamente valiosa la amistad y la familia durante los tiempos difíciles.




Foto Per Endström