Las especialidades musicales son casi infinitas, como cualquier disciplina que se ha ido enriqueciendo con los siglos. Hay quienes han hecho su tesis doctoral en temas como las licuescencias de la notación messina (va de canto gregoriano) y hay quienes dominan todos los textos teóricos sobre estética musical desde Pitágoras. Los hay especialistas en acústica vocal (tengo un libro insólito de un estudioso sueco que analiza cada timbre y su efecto en diferentes salas, por supuesto lleno de ecuaciones matemáticas y gráficos, y poquísimas notas). Y están los intérpretes expertos, por épocas, por autores, por estilos, por géneros… y así casi ad infinitum.//. Y entonces llegan los directores. Los directores profesionales son, primero que nada, directores. Es decir que si son especialistas en algún género, compositor o estilo, esto es secundario. Primero dirigen, y dirigen de todo. Son los técnicos de la dirección, los que han trabajado el gesto, el uso del tiempo de ensayo, el vocabulario preciso para comunicarse con la orquesta o el coro; los que hablan con las manos. Pueden expresarse en cualquier idioma, pero siempre te enteras de lo que quieren, porque primero que nada saben lo que quieren, cómo lo quieren, y cuál es la forma más rápida de conseguirlo. //. Cantar o tocar con directores profesionales es una dicha. Luego vienen las exquisiteces.




Foto Per Endström
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