Estamos almorzando en un restaurancito muy rico mientras esperamos que salgan las pequeñas del cole. Y todo el rato una niñita como de 4-5 años, llora que llora, grita que grita, patalea que patalea. Está con la mamá y la abuela, quienes impertérritas le dicen que se calle y se quede tranquila, así como quien le habla a la pared. Y siguen conversando entre ellas, y una habla por el móvil y la otra come, y luego las dos comen, y así 50 minutos de reloj.
En estos casos siempre estoy a punto de acercarme y decir algo a las madres, en Caracas lo hacía, pero aquí me aguanto no sea que me insulten por metiche.//. En nuestra finca hay una niña que llora a la desesperada, una noche sí y otra casi, los gritos entran por la ventana que tengo al lado del ordenador. Me sabe horrible pensar en un posible maltrato y sigo pendiente de averiguar qué piso es y tocar tun tun y simplemente preguntar si todo va bien. Pero no lo he hecho. Anoche cerré la ventana para no escucharla gritar más. Quizá no pasa nada (ojalá), quizá grita porque así se bate el cobre en esa casa; a grito pelao.//. Cuál es la cadena de errores educativos que llevan a un niño a comportarse así; porque no nacieron así de insoportables. Es un dejar hacer, un no intervenir a tiempo, un dejarlo para después, un esperar que lo haga otro. Es pensar que “eso” se quita sólo, que cuando van creciendo “se les pasa”.//. Hoy estaba indignada con la niñita, cuando en realidad a quienes deberían darle dos pescozones es a la madre y la abuela.//. Epílogo: Cuando salimos del restaurant ellas seguían allí; y la niñita estaba en silencio… se tomaba un biberón.






Foto Per Endström