A las 3 de la mañana de hoy miércoles terminé “Amanecer”, el último (o penúltimo) tomo de la serie de amor, familia, vampiros y licántropos de la escritora norteamericana Stephanie Meyer. Final super feliz con cero bajas entre los protagonistas, el último capítulo se llama “fueron felices y comieron perdices”. Cómo decirlo, si todas las tradicionales fantasías femeninas adolescentes se pueden concentrar en un libro, helo aquí. Todavía tengo almibar entre las pestañas, no sé si es el trasnocho o la lectura.//. Como puede verse por la ausencia de posts en los últimos días, estaba ocupada leyendo pues es de estos temas que no pueden esperar a las vacaciones, era imprescindible saber si Bella se volvía vampiro, si se casaba con Edward y qué pasaba con Jacob su amigo hombrelobo. Ahora ya lo sé todo y puedo volver a utilizar mi tiempo libre-libre en escribir en el blog. Porque esa es otra novedad que ha traído la lectura, descubrir que realmente hay dos tipos de tiempo libre. El tiempo libre, que es básicamente cuando no estás trabajando y que usas para estar en casa, comer con la familia, jugar con las peques, estudiar, poner papeles en orden, revisar bibliografía, comenzar a organizar la tesis doctoral, y otras cositas de estas que se hacen en el tiempo libre. Y el tiempo libre-libre, que es ese tiempo tuyo tuyito casi robado, que utilizas para ir a la pedicura, comprarte unos zapatos nuevos, leer una novela de amor y escribir en el blog.//. Nada, que aquí estoy.
Llega Cata de su día en Son Dureta contando que ha hecho sus primeras curas postmortem desde que empezó las prácticas. Se me pusieron los ojos como platos aunque recordaba que mientras estudiaba ese fue uno de los temas que le impresionó. Practicó con las compañeras como amortajar y de hecho hizo de muerta para que las demás practicaran. Pero ayer fue en serio, murio una señora y la llamaron para que ayudara a otra de las auxiliares. No pude con la tentación morbosa y le pregunté qué había hecho exactamente aunque recordaba el protocolo de cuando lo estudió hace unos meses. Contó con gran tranquilidad que no había tenido que cerrarle los ojos porque murió durmiendo, pero el resto sí, retirar suero, taponar orificios corporales, amarrar brazos y piernas, colocar las sábanas en la forma adecuada… .//. Mientras la escuchaba se me ocurrían veinte preguntas estúpidas pero su carita serena y al mismo tiempo la naturalidad con la que hablaba de su trabajo hicieron que se me pasara el ataque infantil y morboso y me quedara en un estado de silenciosa admiración. Me preguntó si se debería sentir de alguna manera en especial por la experiencia y le dije que nadie le podía decir cómo se tenía que sentir, que eso era algo personal y claro, le pregunté cómo se sentía. “Rara” me dijo, “tengo como unas mariposas en la barriga, pero bien”. Le dije que ya está, que era la primera vez y que parecía que no le había desagradado. “Así es”, comentó. Y se fue a merendar.



Foto Per Endström