Hacíamos las cosas por deber, por obligación, por gusto, por miedo, por inspiración, por castigo, por responsabilidad, por dinero… Y nos movían razones similares, desde el miedo al infierno o al castigo de los dioses antiguos, hasta el entusiasmo hedonista de los nuevos tiempos que nos permite obviar en qué trabajamos o cómo o por qué, para quedarnos con lo que podremos comprar y pagar cuando cobremos a fin de mes; este es el nuevo catalizador en el proceso productivo y vital. Y damos un salto con pértiga sobre cualquier reflexión que implique pensar en el destino o el quehacer cotidiano de los trabajadores, da lo mismo si es reponedor en un supermercado, minero o neurócirujano. Hoy importan las cifras, las estadísticas económicas, y nuestra relación con la economía y el mercado pasa y se identifica con nuestras hipotecas, que allí si figuramos con nombre propio.
Sin embargo, algo queda que nos mueve más allá, y que ahora no es miedo ni deber, y a veces ni responsabilidad y que tampoco es dinero. Y bien que lo saben, por ejemplo, los asesores de los candidatos presidenciales. Es la necesidad de la ilusión. Sea de un cambio o de un nuevo recomenzar. Para rendir más, para atacar con entusiasmo cualquier empresa y hasta para mantener los proyectos comenzados, para creer en lo que te venden, para firmar con una nueva compañía de telefonía móvil. Necesitamos ilusión. Esa pequeña alegría transferible que te permite pensar que las cosas valen la pena y que pueden ir a mejor; los ensayos, el trabajo, tu país, el mundo, la amistad, el amor. Si se pierde la ilusión, o si no existe, todo se ralentiza, se duerme, se pierde. Y producimos por inercia.