I.
Vuelvo a pasearme por un bazar chino. Y mientras camino y veo, pienso en la poca punta que estos comerciantes le han sacado a las olimpíadas (u olimpiadas como les guste más). No encontré ningún restaurant chino invitando a ver los juegos durate una comida con los mismos platillos que los deportistas podrían estar probando en Beijing (pero claro; ninguno tiene tele, esto es más de tasca, de bar y de restaurantes de menú); aunque igualmente podrían haber dicho “venga a celebrar el oro de Nadal y Llanelas degustando nuestro especial Pato Pekínés” (¿beijinés?). Pero nada, como si no fuera con ellos. La única anécdota que tengo al respecto es de la inauguración de los juegos; ese día pedimos comida china por teléfono, como tocaba, y mientras el joven esperaba que yo buscaba el dinero para pagarle, pidió permiso a Zoltan que estaba en la sala para pasar y mirar un poco. O sea que indiferencia tampoco. Después que le pagué le felicité por el espectáculo, me pareció lo justo.//. Hasta aquí llega el vínculo que he podido hacer entre la China olímpica y los chinos de por aquí. En ningún bazar (al menos por mi zona donde hay unos cuatro) había carteles o referencia alguna al magno evento, ni una camiseta con “el nido”, ni cuadernos con fotos piratas de deportistas, nada de nada. ¿A que llama la atención?.
II.
No he vuelto a la peluquería de los chinos, ni siquiera por el masaje, la súper silla, la destreza con las tijeras o el precio. La razón es impresionante. No hablan. Quiero decir no hablan ni castellano, ni catalán, ni inglés; sólo chino. Y esto atenta contra el principio más vital de ir a la peluquería: “interaccionar”. Oir los cuentos de la (el) peluquero, cotillear un poco, preguntarle por su novio-hijo-ex, sacarle el cuero a Leticia Ortíz, contar alguna confidencia de la que después te arrepientes pero que no tiene ninguna importancia porque será imposible de recuperar por ninguno de los dos, y finalmente, leerte la última edición de HOLA, que eres absolutamente incapaz de comprar pero igualmente incapaz de dejar de leer en la peluquería. Y los chinos no compran HOLA, ni Pronto ni nada de nada. Aquello es un “peladero e’ chivo” como dicen en mi país de origen. Así que he vuelto a pagar el triple por un corte de pelo… pagar por hablar y escuchar.
Como si no supiéramos ya que ir a la peluquería y comprarse alguna cosita es la psicoterapia más barata…



Foto Per Endström