peluquería china

Rayos y Truenos 18 de Julio del 2008

Ya tenía pensado cortarme el pelo, ahora que busco el look natural con canas. Venía de hacer un par de recados (en Venezuela “unas diligencias”) y de pronto veo “Angel, peluquería” y debajo los ideogramas (supongo que diría lo mismo, aunque también podría haber puesto “aquí trasquilamos a los mallorquines pendejos”). No lo pensé mucho y entré. Lo primero que me llamó la atención fueron las dimensiones del local, inmenso, en una primera mirada no pude captar hasta donde llegaba; feísimo, con una sala de espera con sofás del año de la pera y tapicería de antes de eso, unos muñequetes por aquí y por allá, unos cuadritos sin pandas pero con flores, un marco con una sagrada familia que no combinaba con nada ni con nadie y por supuesto, peluqueros chinos, unos cuatro o cinco. Me recibió una chica con muy buena pronunciación en castellano y me guió a la sala de espera; allí aproveché para inspeccionar y mirar cómo lo hacían tijera y navaja en mano. Súper profesionales. Esto lo captas rápido si tienes un poco de historia “peluqueril”; yo la tengo porque me encanta el pelo, es de las pocas cosas con las que puedes inventar, jugar, arriesgarte; todo lo que te hagas es reversible y si no, esperas que crezca y punto, ¿de cuántas cosas podemos decir lo mismo?.//. Me tocó el turno unos minutos después y al acercarme a la eterna silla con espejo enfrente, me atendió el peluquero que había visto navaja en mano; pero no me habló. Habló la misma chica, ¿quiere corte?, afirmé y me interrumpió ¿lavado?, le dije que también, y no me senté esperando que me guiara por un nuevo camino hasta los lavacabezas. Pero no, el peluquero indicó la silla y me senté sorprendida y obediente. Acto seguido me colóco una toalla sobre los hombros, agarró un pote de head & shoulders, me puso en el cogote una porción, un chorrito de agua de un botellín y comenzó, él su trabajo, y yo una experiencia memorable. La técnica debe tener un nombre (en chino claro) pero la bautizaré como “uñitas”, va como raspando con las uñas de las dos manos a la vez y recorriendo toda la cabeza, reunía la espuma que se iba formando, masajeaba, volvia con las uñitas, por delante, por arriba, por los lados, y seguía y seguía; al principio supongo que estaba un poco tensa por la novedad, pero en cuanto controlé la cosa, me relajé, absolutamente. Bajé los codos de los posabrazos y me dije, este regalo del lejano oriente tienes que disfrutarlo, y así pasaron unos 8 minutos ¡8 minutos!. Yo me decía vale, una maravilla, pero en algún momento tendrá que quitarme el champú, ¿cómo lo hará?. De vez en cuando agregaba otro chorrito de agua y seguía su trabajo; hasta que dejó quieto el pelo…
como recogido en su espuma, se limpió las manos y sin aviso y sin protesto comenzó a masajearme los hombros y el cuello. Nada de manitos aguadas o babosas, con presencia y entusiasmo. (Escribo y me sonrío porque estoy pensado cuánto será el tiempo prudencial que debo esperar para volver a cortarme el pelo). Cuando terminó me indicó que le siguiera, floté detrás de él hasta otra sala que tenía dos ¿butacas?, un híbrido entre silla de odontólogo, asiento de avión y lavacabezas. Me senté esperando cualquier cosa, y cualquier cosa era que quedabas casi acostada, tenía para apoyar piernas y pies y lo mejor era la cabeza, no era la guillotina habitual en la que te cuelga la cabeza hacia atrás aunque la peluquería sea ultra chic, la cabeza no colgaba, reposaba. Me pareció una superficie acanalada donde el agua corría hacia atrás, no la vi bien porque hacía años que me había olvidado de las gafas. Me enjuagó el cabello sin decir ni pío, puso un acondicionador que olía rico, volvió a enjuagar y secó el pelo colocando parte de la toalla sobre mi cara, me ayudó a incorporarme y volvimos a la silla incial. Si me hubiera sugerido que el pelo azul me quedaría muy bien, le hubiera dicho que adelante, pero se limitó a hablar con la intérprete oficial quien me preguntó cómo lo quería. Y aposté fuerte: más corto, navaja no, sólo tijera, escalonado. Lo telegráfico fue a propósito pensando que facilitaría el mensaje. El chico comenzó a cortar y me animé a intentar un mínimo de comunicación verbal, ¿cómo te llamas?, mirada perdida, no entiende ni papa. Pasé al ataque con la fórmula Tarzán: “yo Irina” acompañando la frase con las manos hacia mi, ¿y tú?, y las manos hacia él… cero patatero, este se debía haber bajado del avión ayer. Como no iba a dejar la cosa así, le dije a la intérprete que masajeaba a su clienta que cómo se llamada el peluquero. Ella le tradujo y el sonrió y dijo su nombre, que por supuesto era impronunciable e imposible de recordar o transcribir, pero terminaba en “iao” eso si me acuerdo. Sonreí y me rendí a la evidencia. Terminó de cortar, rectificó aquí y allá, se puso con el secador y quedé lista y muy satisfecha con el corte, aunque no tanto con el secado, pero esto me pasa siempre, en Caracas y aquí y no le doy más vueltas. La chica dejó a su clienta y me acompañó a la caja: son doce euros. Pagué sin poder creer lo que pagaba, le di un euro al peluquero al salir, me sentí miserable por no haberle dado tres. Caminé un poco, me miré en la vidriera de una tienda y me sonreí pensando que la próxima ya le daría los tres euros.



2 Comentarios en “peluquería china”

  1. matilde meire | 21/07/2008 a las 18:37:16

    mi mama va a esa pelu jijijiji ya que es cuasi tu vecina y ama a esos chinos a cualquiera que le toque, llevaba años sin ir a la peluqueria y depronto se ha convertido en una visita habitual de su dia libre, dice que el masaje bien merecido que le dan es lo mejor

  2. Irina | 21/07/2008 a las 21:09:50

    jaaa, haremos la lista de admiradores de la pelu de chinos! Hoy ha ido una hija de Emili a depilación… a ver qué cuenta!

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