Si digo “Atalaya” o “Despertad” supongo que está claro de qué hablo. En plena era tecnológica, cuando nos ocupamos más del calentamiento global y los índices económicos que de una iglesia católica sumida en el descrédito y un islam que da miedo, los testigos de Jehová siguen igualitos que siempre. Sus camisitas planchadas, su pelito corto, y una testarudez que no acepta un no por respuesta cuando tocan a tu puerta.//. Recuerdo que mi madre, después de haber tenido que escuchar el apocalíptico discurso interminable más de una vez en la puerta de casa, cuando sonaba el timbre y descubría por la mirilla que eran las diferentes parejitas con sus revistas, se volteaba hacia nosotras con los ojos muy abiertos y nos hacía el gesto de silencio absoluto. Y no abría la puerta ni de milagro.//. Las generaciones se suceden y ya me tocó atenderlos dos veces en casa, y a la tercera no abrirles la puerta. Y hoy llegó Catalina, “mamá no sabes lo que me ha pasado”, y me entregó dos ejemplares, uno de Atalaya y otro de Despertad.
Ya tenía pensado cortarme el pelo, ahora que busco el look natural con canas. Venía de hacer un par de recados (en Venezuela “unas diligencias”) y de pronto veo “Angel, peluquería” y debajo los ideogramas (supongo que diría lo mismo, aunque también podría haber puesto “aquí trasquilamos a los mallorquines pendejos”). No lo pensé mucho y entré. Lo primero que me llamó la atención fueron las dimensiones del local, inmenso, en una primera mirada no pude captar hasta donde llegaba; feísimo, con una sala de espera con sofás del año de la pera y tapicería de antes de eso, unos muñequetes por aquí y por allá, unos cuadritos sin pandas pero con flores, un marco con una sagrada familia que no combinaba con nada ni con nadie y por supuesto, peluqueros chinos, unos cuatro o cinco. Me recibió una chica con muy buena pronunciación en castellano y me guió a la sala de espera; allí aproveché para inspeccionar y mirar cómo lo hacían tijera y navaja en mano. Súper profesionales. Esto lo captas rápido si tienes un poco de historia “peluqueril”; yo la tengo porque me encanta el pelo, es de las pocas cosas con las que puedes inventar, jugar, arriesgarte; todo lo que te hagas es reversible y si no, esperas que crezca y punto, ¿de cuántas cosas podemos decir lo mismo?.//. Me tocó el turno unos minutos después y al acercarme a la eterna silla con espejo enfrente, me atendió el peluquero que había visto navaja en mano; pero no me habló. Habló la misma chica, ¿quiere corte?, afirmé y me interrumpió ¿lavado?, le dije que también, y no me senté esperando que me guiara por un nuevo camino hasta los lavacabezas. Pero no, el peluquero indicó la silla y me senté sorprendida y obediente. Acto seguido me colóco una toalla sobre los hombros, agarró un pote de head & shoulders, me puso en el cogote una porción, un chorrito de agua de un botellín y comenzó, él su trabajo, y yo una experiencia memorable. La técnica debe tener un nombre (en chino claro) pero la bautizaré como “uñitas”, va como raspando con las uñas de las dos manos a la vez y recorriendo toda la cabeza, reunía la espuma que se iba formando, masajeaba, volvia con las uñitas, por delante, por arriba, por los lados, y seguía y seguía; al principio supongo que estaba un poco tensa por la novedad, pero en cuanto controlé la cosa, me relajé, absolutamente. Bajé los codos de los posabrazos y me dije, este regalo del lejano oriente tienes que disfrutarlo, y así pasaron unos 8 minutos ¡8 minutos!. Yo me decía vale, una maravilla, pero en algún momento tendrá que quitarme el champú, ¿cómo lo hará?. De vez en cuando agregaba otro chorrito de agua y seguía su trabajo; hasta que dejó quieto el pelo… Leer el resto de la entrada »



Foto Per Endström