Emili escribe un post en mi papá me mima donde plantea si la maternidad y la paternidad deberían tener fecha de caducidad. Si al terminar la etapa nutricia, asistencial y finalmente de apoyo afectivo en la adolescencia, no debería rescindirse el compromiso entre unos y otros y rediseñar la relación, actualizándola con nuevos vínculos según lo que tengan en común en el presente, sin permanecer atados por la vivencia de la infancia que se prolonga ad infinitum.//. Creo que para que desapareciese o se rediseñase el vínculo histórico-social de la maternidad-paternidad después de la infancia, primero habría que revisar qué vemos o seguimos viendo en nuestros hijos cuando son mayores. Es posible que muchos padres los vean como desconocidos, crecieron y cada uno tomó o siguió su camino, en común queda afecto y recuerdos, nada más. Otros mantienen aficiones comunes, rituales de la juventud que se mantienen de forma gozosa en la etapa adulta; reunirse para compartir lo que sembramos, sin que sea una interminable enumeración de anécdotas históricas. También reconozco un sentimiento de trascendencia, verse en los hijos, identificarse con ellos como una extensión de nosotros mismos, saber que no morimos del todo cuando hemos sido padres amantes; y creo que este sentimiento no caduca.//. De “Un invierno en Mallorca” entendí que en parte George Sand dejó a Chopin porque habían problemas con Solange. Se dice que en la agitada vida de Sand una cosa fue constante, no despegarse de sus hijos bajo ningún concepto. Las madres, al menos las buenas, nunca renuncian.
Quizá es un defecto de la doble X.



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