de sapos y morrocoyes
Animal, Vegetal y Mineral, Educación, Venezuela 21 de Mayo del 2008
Un sapo. En los jardines hay, en la charcas hay, en el laboratorio de Biología Animal había uno para cada dos alumnos y teníamos que descerebrarlo y luego hacer la práctica de estimulación eléctrica de los músculos. Lo abrías de arriba a abajo reconociendo todas las estructuras y luego a hacer saltar las patas.//. Después de ser alumna fui preparadora de esta asignatura, ya esto era trabajo y se suponía que además de preparar el material ayudabas al profe a atender a los alumnos. Llegué a trabajar con dos profes, uno muy guay con el que aprendías un montón (se llamaba, bueno espero que se siga llamando, Guido, como el de Arezzo) y otro, que daba la introducción teórica y se iba a tomar café todo el tiempo que duraba el laboratorio. Un mal día me tocó a mí explicar cómo se descerebraba el sapo… y pensé que podía pero que va, me desmayé mientras le tenía la aguja de disección clavada al pobre bicho en el cerebelo, qué ridículo hice.//. Un morrocoy es una tortuga de tierra, toda familia con casa ha tenido uno o cuatro, todo jardín tiene su morrocoy, se mueren los dueños de la casa y el morrocoy sigue su vida cincuenta años más. En algunas provincias de Venezuela se come, recuerdo un plato llamado “pastel de morrocoy” que preparaba la mamá de una compañera de primaria, creo que era guayanesa. La señora de lo más amena me comentaba que después de dos horas en agua hirviendo, la tortuga todavía mordía el cuchillo, “que animal más duro” decía; jamás lo probé ni lo probaré y he tenido pesadillas con el tema. Por otra parte somos muy raros, porque las langostas si pueden, se escapan de la olla, y estas sí que me las como con un gusto que ni cuento.//. Sapos y morrocoyes eran animales relativamente cotidianos en mi infancia y juventud; hoy he entrado a una tienda de animales y vendían sapos, 20 euros cada uno, casi me infarto. Y también vendían morrocoyes, tenían dos especies distintas, una costaba 60 euros el ejemplar y otra, del género geochelone (de las que crecen un montón) costaba 100 euros. No me lo podía creer y llegué a casa contándolo. Zoltan me dice aburrido, mamá que no estás en el trópico, aquí esos animales son raros. Claro, es verdad; pero se me olvida.




Foto Per Endström
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