Si algo diferencia a dos parejas cuyos miembros tienen profesiones afines, el mismo nivel cultural, los mismos gustos culinarios y políticos, el mismo humor y hasta la misma ausencia de religión, es, sin duda alguna, que una de las dos parejas no tenga hijos. Este es un obstáculo insalvable para la comunión fraterna de los espíritus intelectualmente afines, porque la perspectiva del mundo, del dinero, del tiempo libre, de las horas de sueño, de lo que hay en la nevera, de lo que se mete a la lavadora, de lo que se puede hacer en vacaciones, de los temas de conversación privilegiados y de los planes a corto mediano y largo plazo están marcados por ejes distintos. El eje del matrimonio con hijos está clarísimo, no es la hipoteca que nos hermana a todos por igual, ni las preocupaciones laborales que compartimos con media humanidad, es este pan nuestro de cada día que significa la vida familiar con hijos. Cuando te reúnes con los amigos sin hijos, hay un abismo entre las dos orillas de la amistad, te preguntan con amabilidad por cada uno, su salud, sus estudios, y, y, y… el tema se agota en un segundo porque no hay referencias comunes ni historias que comparar, y hasta suena cursi que los papás usen el rato social para seguir comentando el fracaso escolar de uno o la novia nueva del otro. Luego sale el tema de los viajes y las vacaciones y si hay tres parejas donde los papas son minoría, te puedes echar a llorar; las de ofertas que han conseguido para escapaditas a tutusiapón (jo, tienen el tiempo y el dinerillo); o el cine y las últimas novedades literarias, o si cocinan (peor que peor) escuchar con resignación los platillos que han aprendido a elaborar en un curso alternativo. También está el deporte que siempre tiene cabida en las parejas sin hijos, parece que van al gimnasio y algunos pasean en bici. En fin, es una prueba dura para la amistad, y por ley si llevas a uno de tus pequeños a la casa de uno de tus amigos sin hijos, obligatoriamente ensuciará la butaca blanca o quebrará una copa; aunque tenga 20 años.