Son miles los que con ilusión se apuntan a las pruebas y castings de todas las versiones de operación triunfo-tienes talento-nace una estrella-factor X, etc. que hay aquí y en todas partes. La mayoría se queda en el camino, algunos desilusionados, otros contentos por la oportunidad, algunos indignados por los chanchullos o tongos que les ha parecido identificar. Quien se presenta a un concurso nunca siente que lo hace mal, por eso lo de las academias que te enseñarán o pulirán tiene tanto gancho, reconocerán mi talento, sacarán provecho de mi potecial. Lo que encuentro escandaloso y retorcido es lo que se hace con el material filmado que los aspirantes dejan a las empresas que convocan los concursos: kilómetros de cinta, o hablando en moderno, gigas y gigas de datos con versiones desafinadas, interpretaciones malísimas, voces insólitas, personajes fellinescos, chiquitos de la calzada potenciales. Y aquí está el segundo negocio, el currículum oculto: la exposición pública, la burla, el engorde de los programas de zapping con el rídiculo del inocente. Que da un montón de risa, pues si, a mi no, pero si, lo entiendo. Creo que no es sino estimular esta parte brutal que tenemos de reirnos del débil, del tonto, del que se cae… del que canta mal.




Foto Per Endström