En Venezuela un reclamo es una queja o un regaño, reclamamos sobre algo que no nos ha gustado o que hemos echado en falta, y lo decimos así “no me reclames”, “me vino con un reclamo”. Mi mamá me reclama, pero creo que aquí el contexto es el cinegético, aquél del reclamo amoroso para que la perdiz se acerque, si no tengo nostalgia de mi tierra. La respuesta básicamente es no. Pero no es justo dejarlo allí porque suena desinteresado, desarraigado casi una negación de la propia historia. Y creo que lo interesante está en analizar la nostalgia en si misma, más que si el terruño me la provoca. La nostalgia requiere tiempo, un dejarse llevar por los recuerdos, una evocación permanente de lo que no está, de lo que se dejó atrás, de lo perdido. La nostalgia tiene además una mezcla de irrealidad, de cosa idealizada. Y la verdad es que en ese sentido no tengo nostalgias. Veo hacia atrás y encuentro una historia con muchos capítulos que me gustan, en un lugar con paisajes queridos y muchos rostros que me hacen sonreir, unas veces con picardía, muchas con ternura y las más con un profundo afecto. Pero no son recuerdos nostálgicos como por ejemplo si lo son algunos de la infancia, como los de todo el mundo, supongo, si has tenido una infancia mínimamente bonita y sana. Pero hasta estas nostalgias se desactivan si el presente esta pleno de actividad gratificante, si hemos tenido un poco de suerte y nos hemos rodeado de nuevos afectos y gozamos a diario de un entorno inmediato cálido y alegre. La alegría es la mejor medicina contra la nostalgia, me parece, y me tomo dos saludables cucharadas diarias.
Otra cosa es la ilusión de volver, la emoción de los reencuentros, la anticipación del gusto por comerme un sancocho con una buena ración de queso guayanés, bailar con Los Melódicos e irme de tiendas con la madre que me parió. ![]()




Foto Per Endström
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