No recuerdo en qué momento de la infancia escuché por primera vez esta frase, lo cierto es que siempre me ha impresionado. Será porque en lo profundo tengo una sensibilidad un poco aristocrática que se rebela contra el ritmo de vida acelerado que elijo. Pero también es cierto que nuestra época es plebeya en más de un aspecto; quizá tiene que ver con el modelo americano de que todo se haga, se consiga y se tenga ya, con el aprecio por lo nuevo y pujante frente a lo viejo que huele a rancio, con los valores democráticos que se tuercen cuando se desprecia la meritocracia, olvidando que todo verdadero mérito se cocina a fuego lento. Lo aristocrático se mueve despacio, es conservador, es discreto, es elegante, tiene historia (solera que dicen), atropella con clase, humilla con distinción, habla idiomas y no se conmueve ni se permite estallidos emocionales o indiscretas efusiones… y entonces, ya no me siento tan afín con estas lentitudes pues parece que siempre llevan uniforme, sotana, túnica o un Armani; y es que efectivamente todas las aristocracias terminan oliendo a rancio, a endogámico y xenófobo, pues hasta la pobreza al final es una nacionalidad.//. Sigo desbrozando esta insatisfacción ante la prisa y lo que de verdad encuentro es que no es noble, pero noble en el sentido aquél del dicho “nobleza obliga”, en la dirección de lo generoso y honorable. Porque no es generoso con la vida ir deprisa, ni lo es con el estudio, con la familia, con la amistad, con el arte, con el amor.




Foto Per Endström