La música clásica hace tiempo que dejó de ser una experiencia exitante, novedosa o sorprendente; siempre es un refrito. Una tragedia de Shakespeare puedes encontrarla vestida de mil maneras; un ballet siempre entraña, como mínimo, el riesgo de que una bailarina se caiga de las puntas o que uno de los super hombres de un traspiés. Pero las partituras son intocables. Las mismas notas con los mismos instrumentos con casi idénticos tempi e interpretaciones, un ritual que se cumple rigurosamente en cada concierto, tan protocolario como los aplausos, el programa de mano y la cena posterior. Los músicos profesionales se parecen cada vez más a los funcionarios de la educación, distanciados cuando no quemados y casi siempre con el corazón en otra parte. Escribo esto y pienso en las excepciones, en 25 años unas 10 veces que toqué el cielo; Maurizio Pollini tocando la Sonata en Si menor de Litz en el Teresa Carreño, la primera sinfonía de Mahler en el Auditorium dirigida por un cellista alemán cuyo nombre siempre se me escapa, un ensayo de gregoriano en Cremona mientras cantábamos el ofertorio Ave María dirigidos por Berschman Göechl, el Coro Politécnico de Varsovia cantándo y moviéndose por un escenario cuyas luces se encendían y apagaban con sus movimientos, y unos pocos más. A veces un solista, más veces un director que logra movilizar al colectivo que canta o toca y los transforma en artistas.
Con la música que hacen los amateurs pasa otra cosa, siempre imperfecta, su compromiso amoroso y gratuito logra pequeños milagros que también te elevan. A un cielo distinto, quizá menos brillante pero de una intensidad que conmueve. Los Mestres Cantaires hicieron el sábado uno de estos conciertos que se guardan en el corazón. La suma de muchos esfuerzos y entusiasmos, la conciencia en cada segundo de música de lo bueno y de lo mejor, la fuerza del aquí y ahora coral. Que ganas de más te quedan, ganas de repetir, de ensayar, de ser directora y coralista a la vez, de bailar lo que cantan, de recitar los versos.
Seguramente llego atrasadísima, pero después de negar todos los contactos que llegaban (pensaba que eran algún tipo de reenvío venenoso a pesar de saber que los candidatos españoles tenían allí sus páginas) decido entrar y curiosear por esta web de redes sociales. Y resulta que está metida media humanidad; he encontrado (o me han encontrado) ex compañeros de la Schola Cantorum de Caracas, primas, amig@s de cerca y de lejos y gente con la que me escribo habitualmente pero que no sabía que también circulaba por allí. Pues muy guay, puedes colgar álbumes de fotos, mandar mensajitos, chatear, ver noticias, escuchar música y tiene un buscador especifico para encontrar a más gente. Moderno, diseñado y en castellano. De pronto recordé al viejo ICQ, aquél programa de comunicación que se usaba en los noventa y que me trajo en un suspiro hasta Mallorca.




Foto Per Endström