Desde que tengo memoria sufro de unos cólicos terribles que tienen síntomas inequívocos: sudo frío, me duele horrible la panza y tengo que ir al lavabo ya. No es un “ya” de cuando tenga un minuto, o cuando pueda elegante o discretamente desplazarme al cuarto de baño, es un ya imperativo, es un “aquí mismo o te mueres”. Una de las anécdotas del grupo cólicos inolvidables, ocurrió cuando le hacía una suplencia en Los Melódicos a mi hermana Iona, quien fue la cantante entre 1984 -1986. Ibamos en el autobus de la orquesta, un Mercedes 302 con sendas letras rojas con el nombre de la banda, rumbo a un campo petrolero en el estado Monagas. Y allí, en medio de la nada, en una carretera provincial del llano donde no había ni un alma, me dió un cólico. Caminé hasta la primera fila de asientos donde mi papá tiene su puesto de mando y le expliqué la situación: “papá hay que parar porque necesito ir al baño, pero ya”, y me contestó, “a qué baño Irina?”, respiré y le dije que no importaba, que allí mismo en el monte o donde fuera pero que la cosa era urgente. Para más inri llovía a cántaros; me dijo que esperara un poquito a ver si encontrábamos alguna casa, y volví a respirar y vale, me senté en el puesto este abatible al lado del chófer escrutando el horizonte a ver si aparecía alguna casita, ranchito o lo que fuera para no tener que desahogarme al pie del propio autobus, porque no había ni un bendito árbol en todo aquello. Como un espejismo a través de la lluvia, apareció una casita solitaria. El autocar paró, me cubrí con un plástico porque no llevaba paraguas (típica costumbre nacional ir sin paraguas aunque anuncien lluvia) y sin saber cómo, ya con las piernas temblando, llegué a la puerta, toqué, y después de identificarme como la cantante de Los Melódicos expresé mi necesidad de usar su lavabo… que ilusa, estaba en pleno interior de la república, en una carretera solitaria de un estado que a pesar del petróleo era tan pobre como casi toda la provincia venezolana. Amablemente me indicaron la parte de atrás de la casita, pero no era solamente atrás sino fuera. A unos 60 metros de la casa estaba la caseta con la letrina, con su hueco en el piso y su alambre en la pared atravesando hojas de periódico recortadas. Pero fue la más bella letrina de mi vida. Regresé a la casita, di las gracias, creo que hasta firmé un autógrafo, y todavía bajo la lluvia me dirigí al autobus. Lo más dignamente que pude subí los escaloncitos, me sacudí el agua, devolví el plastico al chófer y levanté la vista preparada para las miradas pícaras de los veintitantos músicos de la orquesta. Aparte de alguno que miraba por la ventana, todos parecían dormir incluido mi papá. Llegué a mi asiento con un suspiro, agradeciendo en silencio la gentileza.
De aquellos tiempos encuentro este vídeo de Los Melo…





Foto Per Endström