Cuando estamos educando niñitos hay que establecer en algún momento, y siempre mejor antes que después, la línea de mando y la necesidad de la obediencia. Por ejemplo siempre me asusta ir por la calle con las niñitas sin que vayan de la mano, y considero imprescindible que respondan automáticamente a un “alto” o “quédate ahí” y que se queden petrificadas, sin discusiones ni democracias ni negociaciones, pura y clara obediencia señor si señor. Tiene que ver entonces con la seguridad, sea en la calle, la cocina, un balcón o frente a un león, pero también tiene que ver con el respeto y con la confianza, crear ese resorte emocional de ”si me lo dice mi mamá es por mi bien”, o al menos “por algo será”. Pero cada hijo tiene sus matices y nosotros no somos los mismos padres con cada hijo aunque nos cueste aceptarlo. A veces he escuchado a alguna madre decir “pero si los crié igualito”, mmm mentira podrida. Porque no somos los mismos, entre uno y otro estamos o más viejos o más cansados o más ilusionados o menos motivados o más felices o menos realizados, en fin que vamos cambiando y con esos cambios nuestra manera de educar, nuestra paciencia y persistencia, aunque haya unos principios básicos que intentemos mantener. Y luego están las diferencias entre los propios hijos, su manera de entender el mensaje y elaborarlo. De los cuatro hijos que tenemos en casa por primera vez siento con uno resistencia al trabajo manipulativo-educador que lleva a la obediencia, y me pregunto si será que empiezo a estar chocha y he perdido fuelle o si la carajita salió rebelde y punto. Y creo que hay de las dos cosas; lo que nos obliga una vez más a replantear estrategias y revisar la metodología, hacer un aggiornamento psicológico y afinar la intervención pedagógica, como se dice ahora. También puedo quitar el polvo a la chancleta de mi mamá que resultaba bastante persuasiva.




Foto Per Endström