En Mallorca aprendí la frase de “no necesita abuela” para referirse a las personas que se defienden solitas, y cada vez que la oigo me da como cosa (en Venezuela nos “da cosa”, que sirve para todo, vergüenza, pena, asco, temor, a veces se parece a “yuyu” de aquí y otras al fantástico ”me sabe mal” cuyo uso considero una muestra de civilización impensable en mi tierra… escribiré algo sobre este me sabe mal de aquí…) en fin que la cosa que me da tiene que ver con nostalgia porque casi no tuve abuelos. No conocí a los abuelos hombres y las abuelas murieron muy temprano, así que no tengo muchas batallitas abuelísticas aunque algunas cosas si recuerdo. Mi abuela Adelaida la mamá de mi papá, tejía, leía, era pequeña (debió serlo mucho porque si siendo niñita la veía pequeña) y tocaba el piano; recuerdo un vals venezolano: “Nunca te olvidaré”, que le escuché varias veces y que después aprendí, y lo tocaba de vez en cuando delante de mi papá para oirlo decir (siempre como si fuera la primera vez ) “Irina, ese es el vals que tocaba mi mamá” y yo me sonrería. Y ya está, a si, recuerdo que en su habitación tenía unas muñecas rusas de estas que son varias una dentro de la otra y que una vez que estuve hospitalizada me desperté y estaba allí teje que te teje con sus gafitas de abuelita. Supongo que teniendo ella 14 hijos y más de 70 nietos debía ser casi un honor tenerla allí. No tengo más recuerdos de esta abuela de cuyo diario he leído algunas páginas en las memorias de mi tío Miguel Angel, su hijo mayor, en fin que en primera persona muy poca cosa para una abuela de verdad.
Aura Estela fue la mamá de mi mamá, y era la abuela mágica, que aunque también se murió pronto, prontísimo para mi, ha ido creciendo en mi mente y en mi corazón. Tocaba el cuatro y la guitarra y cantaba, tenía un humor muy variable, más bien malhumorada diría. Cruzaba cuchillos en una bandeja con agua cuando llovía para espantar las tormentas y en unos frascos guardaba bichos. Vivía en el campo, sin televisor, ponía ladrillos y visitaba a sus vecinos. Las dos casas que le conocí eran un misterio para mi, con cuartos cerrados y baúles. La última, el “Rancho Arichuna” es protagonista de muchos de mis sueños, donde aparece una escalera secreta que baja hasta el infierno. En una habitación había murciélagos y de vez en cuando les ponía leche en un platico. Con mi abuela descubrí “la sopa de loro” que sigue siendo de mis meriendas favoritas: pan (o corazón de arepa) en pedacitos con leche caliente y trocitos de queso, igual se lo daba de comer a los loros que a las nietas y era y es riquísima (ahora la hago con queso emmental y la rocío de müsli). En casa de mi abuela jugábamos a tienditas, cantábamos y nos acostábamos temprano y con disgusto porque queríamos jugar más. Murió a los 54 años que es ahora una edad que no pega con abuelas porque todos tenemos casi 50 años. No hubo tiempo de que me defendiera en ninguna discusión y era muy pequeña para preguntarle cosas de su vida, las cosas que ahora me gustaría saber de ella, quien fue una especie de Doña Bárbara de su tiempo, o al menos así me lo parece en la distancia. En fin, que en esta mañana dominguera, mientras toda la familia duerme, tengo nostalgia de abuelas.




Foto Per Endström