El campo de la dirección musical, incluye cualquier combinación instrumental, aunque pensamos habitualmente en orquestas sinfónicas, coros o bandas. Sin embargo las habilidades de dirección son igualmente importantes para guiar un grupo escolar que toca instrumental Orff o un pequeño conjunto de percusión o flautas dulces. La técnica del gesto como lenguaje no verbal que básicamente a través de los brazos comunica a los que tocan o cantan las características fundamentales del discurso musical, termina siendo una herramienta tan útil como delatora del pedigree de un director. Escuchamos la música y percibimos más allá de la partitura la interpretación del director y vemos como a través de su técnica del gesto (o de batuta) resuelve dificultades y trasmite ideas. O no las resuelve ni trasmite nada especial, está preso en sus limitaciones gestuales. El gesto no se incorpora en un curso de una semana ni un mes, aunque lo hagas con el mejor director del mundo, ni siquiera se perfecciona por el mero hecho de dirigir repitiendo año tras año los mismos movimientos. Hay que trabajarlo, trabajar la técnica horas y horas, año tras año, como cualquier otro instrumento, hasta que los músculos responden naturalmente a cualquier requerimiento de tempo, dinámica o complejidad rítmica. Por qué no nos sorprende que un pianista o violinista haga escalas y estudios técnicos durante años para llegar a controlar su instrumento y en cambio hasta los mismos directores (mediocres, claro) descuidan su técnica de dirección?. O el maestro de música en formación que cree accesorios los ejercicios de técnica sin entender que si diriges mejor hablas menos y hasta la disciplina del grupo mejora. Quizá porque se cree que el gesto llega solo, si sabes la música. Pues no, no se pueden abordar repertorios más complejos si tus brazos son incapaces de expresar lo que dice la partitura, con precisión, con soltura y con belleza. Porque dirigir es arte y no adorno.




Foto Per Endström