Manuscritos

Música 20 de Octubre del 2007

Trabajar con manuscritos es emocionante, y si los autores están muertos se suma un plus (que no es morboso) y que tiene que ver con reconocer que la inmortalidad existe. Pensar, por ejemplo, que Bartolomeu Oliver que murió cuando yo era una adolcescente está conmigo a través de sus composiciones, que seguro eran de lo más entrañable para él. Poder ver antes de las versiones definitivas todos los borradores y esquemas, folios y folios, página tras página en que vas reconociendo como se gestó cada obra; y en los trazos descubres las etapas de una caligrafía que va de la firmeza y rotundidad de la juventud hasta el trazo tembloroso de la vejez. Pero también de los temas que escoje en cada época, de sus gustos literarios, de sus combinaciones instrumentales favoritas, de las composiciones de compromiso y las que salen de lo profundo, de las que se estrenaron y las que están allí esperando su oportunidad. Las melodías favoritas que arregla una y otra vez para diferentes agrupaciones. Los ritmos populares de la época: chotis, fox, tangos y marchas que arreglaba para bandas; las partituras para guitarra, laud y voces destinadas a grupos de música tradicional; y las grandes obras sinfónicas y sinfónico corales, papeles inmensos con litros de tinta minuciosamente esparcidos. Pero me encuentro con manuscritos de guitarra hechos por copistas anónimos y siento la misma emoción ¿quién lo habrá escrito? y luego entre tantos papeles empiezas a reconocer afinidades y aunque sigues sin saber quienes eran los copistas comienzas a agrupar: esto es del Sr. A y esto del B, que tenía mejor punto, que se ve que dominaba mejor el instrumento o que había tenido mayor formación acádemica. Y así, cada día es como una mini aventura y me apetecería hacer un curso de grafología musical, ¿existe?. Por el momento me compraré una lupa  para acercarme más a estos fallecidos músicos que están tan vivos.



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