no está en los grandes balances económicos, ni en la tecnología punta, ni en edificaciones de infarto. Está en la forma como se solucionan y administran los problemas cotidianos, en la transparencia y sencillez de los procesos burocráticos, en que puedas pagar una multa, tomar un autobus, ir al médico, inscribir a los hijos en el cole o sacarte el pasaporte sin que esto sea un acto heróico, sin que tengas que perder un día de trabajo, sin que recibas mal trato o irrespeto de ningún tipo y todavía más, sin que tengas que ser rico para facilitar una gestión. Primer mundo como sinónimo de calidad de vida, que no se interrumpan significativamente tus quehaceres cotidianos ni tus pensamientos por resolver una gestión o hacer un recado relacionado con lo público. El cuento viene a que hoy pasé la segunda revisión de la ITV, suspendí en la primera, arreglé el coché, pagué 5 euros, volví (dos semanas después de la cita que me habían dado, pero esto no fue ninguna traba) y ya está. No tuve que engrasarle la mano a nadie, ni me faltaron documentos sorpresa de última hora, ni me pusieron mala cara ni me regañaron porque fui después. Pero no fue un milagro, es lo normal, y esta es la maravilla, que sea lo normal, que pedir un certificado de empadronamiento se haga en cinco minutos, que el autobus pase alrededor de la hora que se espera (sip, en Alemania pasan exactos), que el seguro te pague las dos mil consultas de urgencias, más un infarto con 4 stents, más una fractura de fémur, más dos cesáreas y un largo etc. Y esto es lo normal… lo emocionante de vivir en el primer mundo es esto más que ninguna otra cosa, que funciona y que no te hacen un favor, que sea lo normal.




Foto Per Endström